Antes de conocer los caminos que recorrería en mi vida, ya existía dentro de mí una forma particular de mirar el mundo.
Era una curiosidad silenciosa. Una necesidad de descubrir.
Cuando algo despertaba mi interés, no podía quedarme solamente observando. Sentía el impulso de acercarme, probar, experimentar y encontrar por mí misma cómo funcionaban las cosas.
Desde niña disfrutaba crear con mis manos.
Las manualidades fueron una de las primeras expresiones de esa energía que me acompañaba. No recuerdo una obra específica que haya quedado grabada en mi memoria, pero sí recuerdo la sensación que estaba detrás de cada creación.
La alegría de imaginar algo y verlo tomar forma.
No era solamente el resultado lo que me hacía feliz. Era ese momento en el que una idea que existía solamente dentro de mí comenzaba a convertirse en algo visible.
Nunca fui una persona que siguiera fácilmente instrucciones. Necesitaba descubrir mi propia manera de hacer las cosas.
A veces el camino no era el más rápido ni el más directo. Había vueltas, intentos, cambios y nuevas búsquedas. Pero siempre existía una confianza interior: de alguna forma encontraría la manera.
Esa confianza me acompañó durante muchos años.
Aprendía haciendo.
Aprendía experimentando.
Aprendía caminando.
Tal vez por eso muchas veces prefería trabajar sola. No porque rechazara a los demás, sino porque cuando una idea nacía dentro de mí, sentía una necesidad profunda de seguir su propio movimiento hasta descubrir dónde me llevaba.
Hoy, mirando hacia atrás, comprendo que aquella niña ya llevaba la primera semilla de todo mi camino.
Todavía no conocía la energía. Todavía no conocía la medicina natural. Todavía no conocía la geometría sagrada.
Pero ya existía algo esencial:
la confianza de explorar, crear y encontrar mi propio camino.
El Punto
Toda creación comienza con un punto.
Antes de una línea. Antes de una forma. Antes de una estructura completa.
Existe una pequeña presencia que contiene una posibilidad.
El punto parece sencillo, incluso pequeño.
Pero dentro de él existe el potencial de todo aquello que puede llegar a manifestarse.
Así era también aquella niña. Ella todavía no podía ver el árbol completo. No sabía qué experiencias llegarían después. No imaginaba cuántos caminos se abrirían delante de ella.
Pero la semilla ya estaba presente.
La curiosidad. El deseo de descubrir. La confianza de encontrar una forma.
Con el tiempo comprendí que ese primer punto no era solamente un recuerdo de infancia.
Era el inicio de una geometría interior que continuaría trazándose a lo largo de toda mi vida.
Porque todo universo comienza así:
con un punto, con una intención, con una semilla esperando despertar.
— Ilka Schneider