Durante mucho tiempo hubo algo dentro de mí que no sabía explicar.
Era una sensación profunda de que la vida era más grande que aquello que podía ver y tocar.
No tenía palabras para describirlo. No era un conocimiento. Era más bien una percepción.
Una intuición silenciosa de que existía algo más allá de la materia.
Sin embargo, el camino hacia comprenderlo no comenzó con una búsqueda espiritual consciente.
Curiosamente, el Reiki llegó a mi vida desde un lugar inesperado.
Al principio incluso existía cierta resistencia. Había tenido una experiencia anterior con una reikista que no me había dejado una buena impresión, y durante un tiempo esa palabra quedó asociada en mí con algo que no terminaba de comprender ni aceptar.
Pero la curiosidad fue más fuerte.
Quise saber qué era realmente el Reiki, qué significaba y qué había detrás de aquello que tantas personas mencionaban.
Fue entonces cuando, buscando información, encontré una formación que llamó profundamente mi atención.
Había algo en la imagen del maestro que apareció ante mí que me transmitió una sensación difícil de explicar.
No sabía por qué, pero sentí una certeza interior:
tenía que conocerlo.
Así comenzó un viaje hacia la isla de Córcega.
Lo que encontré allí fue mucho más de lo que esperaba. No fue solamente un curso. Fue una experiencia vivida con profundidad.
A diferencia de muchas formaciones breves, esta enseñanza se desarrolló durante una semana completa, permitiéndome entrar realmente en la práctica y en la comprensión de aquello que estaba aprendiendo.
Al año siguiente regresé para continuar el segundo nivel con el mismo maestro.
Poco a poco algo dentro de mí comenzó a cambiar.
No porque de repente tuviera todas las respuestas. Sino porque aquello que durante tanto tiempo había sentido empezó a encontrar un lenguaje.
El Reiki no me mostró algo completamente desconocido. Me ayudó a comprender algo que, de alguna manera, ya estaba presente dentro de mí.
Aquella sensación de que existía una dimensión más profunda de la vida dejó de ser solamente una intuición. Comenzó a convertirse en una experiencia.
Recuerdo especialmente esa comprensión silenciosa:
lo que antes solamente podía sentir, ahora podía empezar a entenderlo.
Y junto con esa comprensión llegó una nueva paz.
No una paz porque todas las preguntas hubieran desaparecido. Sino una paz nacida de reconocer que mis preguntas tenían un sentido.
Aquel momento fue una puerta. Una puerta hacia un camino que todavía no conocía.
Pero que, poco a poco, me llevaría a descubrir que todas las experiencias de mi vida estaban conectadas.
El Círculo
Cuando el punto comienza a expandirse, nace el círculo.
El punto representa la semilla. El círculo representa el espacio donde esa semilla puede comenzar a desarrollarse.
No tiene principio ni final. Es una forma que contiene, abraza y permite crecer.
Así fue también este momento de mi vida.
Aquello que durante años había estado dentro de mí como una sensación comenzó a encontrar un espacio donde podía existir.
El círculo me recuerda que despertar no significa abandonar lo conocido. Significa ampliar nuestra mirada. Comenzar a reconocer dimensiones de la vida que antes no sabíamos cómo nombrar.
El Reiki fue ese primer círculo de conciencia. La primera expansión después del punto. La primera forma que me mostró que la realidad era mucho más amplia de lo que mis ojos podían ver.
Y mirando hacia atrás comprendo que aquella puerta no apareció por casualidad. Llegó cuando estaba preparada para reconocerla.
Porque algunas respuestas no llegan cuando las buscamos.
Llegan cuando nuestro interior está listo para escucharlas.
— Ilka Schneider