Durante mucho tiempo mi camino fue una búsqueda personal.
Un descubrir. Un despertar. Un comprender. Un crear.
Pero llegó un momento en el que algo dentro de mí comenzó a cambiar.
Comprendí que ningún aprendizaje existe solamente para quedarse dentro de nosotros.
Todo lo que recibimos, todo aquello que nos transforma, en algún momento busca encontrar una forma de compartirse y conectarse con la vida.
La semilla crece. El fruto aparece.
Y después surge la necesidad de crear un espacio donde otros frutos también puedan encontrarse.
Así nació una nueva visión. La visión de una red.
Un tejido formado por personas que, desde diferentes caminos, tienen algo en común:
el deseo de aportar bienestar, conciencia y transformación.
Durante mucho tiempo había observado que muchas personas caminaban de manera similar.
Terapeutas. Facilitadores. Artistas. Espacios de encuentro.
Personas con conocimientos valiosos y con mucho amor por lo que hacen.
Pero muchas veces esos caminos permanecían separados. Cada uno con su propia semilla. Cada uno con su propio fruto.
Entonces apareció una pregunta:
¿Qué pasaría si pudiéramos unirlos? ¿Qué pasaría si existiera un espacio donde cada persona pudiera mostrar su esencia y, al mismo tiempo, formar parte de algo más grande?
De esa pregunta nació TAGUAY.
No solamente como una plataforma. Sino como una intención. Un tejido vivo. Un lugar donde los caminos pudieran encontrarse.
El Cubo de Metatrón
El Cubo de Metatrón nace del Fruto de la Vida.
Dentro de sus líneas encontramos una conexión entre muchas formas diferentes.
Cada punto tiene su lugar. Cada línea crea una relación. Cada elemento participa en una estructura mayor.
Para mí, esta geometría representa una enseñanza profunda:
la unidad no significa que todos seamos iguales. La unidad aparece cuando cada parte puede expresar su propia naturaleza y, al mismo tiempo, reconocer su conexión con el conjunto.
Así también es una comunidad.
No se trata de borrar las diferencias. Se trata de crear un espacio donde esas diferencias puedan convivir y enriquecerse mutuamente.
Tejer juntos
El nombre TAGUAY nació inspirado en una imagen muy presente en Paraguay: el tejido del ñandutí.
Un tejido formado por muchos hilos. Cada hilo único. Cada hilo necesario.
Cuando observamos solamente un hilo, parece pequeño y separado.
Pero cuando muchos hilos encuentran una estructura común, aparece una belleza nueva.
Así siento también el camino humano.
Cada persona lleva una historia. Una experiencia. Un conocimiento. Una forma propia de aportar.
Y cuando esos caminos se encuentran desde la conciencia y el respeto, algo nuevo comienza a nacer.
El verdadero tejido no se construye desde la necesidad de unir todo a la fuerza.
Se construye permitiendo que cada parte encuentre naturalmente su lugar.
Hoy comprendo que conectar también es aprender a escuchar. A abrir espacio. A confiar en que cada semilla tiene su propio tiempo de florecer.
Porque la Unidad no se crea eliminando las diferencias.
La Unidad nace cuando recordamos que, aunque cada círculo tenga su propia forma, todos pertenecen a la misma geometría.
— Ilka Schneider