Después de tantos años de aprender, experimentar y recorrer diferentes caminos, llegó un momento en que algo dentro de mí comenzó a pedir una nueva expresión.
No era solamente seguir recibiendo conocimientos. Era darles una forma.
Era encontrar una manera de compartir aquello que primero había transformado mi propia vida.
Siempre había sido así en mi camino.
Primero necesitaba vivir las cosas. Experimentarlas. Sentir cómo resonaban dentro de mí.
Y solamente después aparecía el deseo de compartirlas con otros.
Nunca sentí que mi lugar fuera enseñar desde un conocimiento separado de la experiencia.
Más bien sentía que podía acompañar desde aquello que yo misma había recorrido. Desde mis propias preguntas. Desde mis propios descubrimientos. Desde aquello que me había ayudado a comprender algo más sobre mí y sobre la vida.
Los libros
Así comenzaron a nacer los primeros materiales.
Los libros de geometría sagrada surgieron de una necesidad muy sencilla: poder mostrar el camino de construcción de las formas.
Durante mi formación tenía que crear un material paso a paso para aprender cómo se trazaba cada figura.
Mientras realizaba cada dibujo, cada línea y cada explicación, apareció una pregunta:
¿Por qué no crear algo que también pueda servir a otras personas?
Había muchos libros sobre geometría sagrada, sobre sus significados, sus símbolos y su presencia en la naturaleza, la arquitectura y el universo.
Pero yo sentía que faltaba algo. Faltaba acompañar a quien quisiera descubrir las formas desde la experiencia del propio trazo.
Así nació la idea de transformar un trabajo de formación en un material más completo.
Un material que no solamente mostrara una imagen terminada, sino que acompañara el proceso de creación.
Paso a paso. Línea por línea. Círculo por círculo.
Con cada libro comprendía más que crear también era una forma de servicio.
No se trataba solamente de escribir. Se trataba de abrir una puerta para que otras personas pudieran tener su propia experiencia.
El nacimiento de VECTOR
De una manera similar nació VECTOR.
No surgió como una idea que buscaba crear un método. Nació primero como una herramienta para mi propio camino.
A través de una mentoría comencé a integrar diferentes aprendizajes y a unirlos con todo aquello que ya venía estudiando y experimentando.
Poco a poco apareció una estructura. Una forma de mirar el equilibrio interior. La dirección consciente. La relación entre el centro y el movimiento.
Así nació VECTOR.
No como una respuesta definitiva. Sino como una herramienta para acompañar procesos de crecimiento personal.
Porque cada persona tiene su propio camino. Su propia dirección. Su propio centro desde donde crear.
El Fruto de la Vida
El Fruto de la Vida representa para mí una etapa donde aquello que estaba dentro comienza a manifestarse hacia afuera.
Después de la Flor de la Vida, donde comprendemos la unidad de todos los círculos, aparece el fruto: la expresión de esa integración.
Cada experiencia vivida se convierte en una semilla que puede alimentar a otros.
Cada aprendizaje encuentra una nueva forma.
Cada descubrimiento puede convertirse en una inspiración.
Mirando hacia atrás, comprendo que los libros, los métodos y los materiales no fueron solamente proyectos.
Fueron frutos de un proceso interior. Formas que nacieron porque algo dentro de mí necesitaba ser compartido.
Y quizás ese sea uno de los movimientos más hermosos de la vida:
aquello que primero nos transforma personalmente puede convertirse, con amor y presencia, en una semilla para alguien más.
Porque un fruto no existe solamente para sí mismo.
Su naturaleza es ofrecer.
— Ilka Schneider