Durante mucho tiempo había sentido que todas las experiencias de mi camino estaban relacionadas.
Aunque venían de lugares diferentes, había algo que las unía. Una misma esencia. Un mismo movimiento.
Pero todavía faltaba encontrar un lenguaje que pudiera expresar aquello que yo percibía.
Ese lenguaje llegó a través de la geometría sagrada.
Cuando entré en este camino, no sentí que estaba comenzando algo completamente nuevo.
Más bien tuve la sensación de estar encontrando una pieza que había estado esperando durante mucho tiempo.
Era como reconocer algo familiar, aunque nunca antes lo hubiera estudiado.
La geometría sagrada me mostró que las formas no son solamente dibujos.
Cada forma contiene una información. Un movimiento. Una manera de comprender la relación entre el ser humano, la naturaleza y el universo.
Al comenzar a trazar, algo dentro de mí se aquietaba.
El compás, la regla, las líneas y los círculos me invitaban a entrar en un estado diferente de presencia.
Ya no era solamente crear una figura. Era acompañar un proceso.
Cada trazo requería atención. Cada punto tenía una razón. Cada medida formaba parte de un orden.
Y poco a poco comprendí que el acto de trazar también era una forma de meditación.
La geometría no solamente estaba delante de mis ojos. También estaba ocurriendo dentro de mí.
El Toroide
El primer encuentro profundo fue con el toroide.
Esta forma me mostró un movimiento que sentía muy cercano a la propia vida.
Un flujo que nace desde un centro, se expande y vuelve nuevamente hacia el origen.
Como una respiración. Como un ciclo. Como una espiral continua.
Al observarlo comprendí que muchas cosas en la naturaleza funcionan de esa manera.
Nada permanece completamente quieto. Todo está en movimiento. Todo recibe y entrega. Todo se transforma.
El toroide me ayudó a comprender que la vida no es una línea que avanza solamente hacia adelante.
Es un movimiento constante entre el centro y la expansión. Entre recibir y compartir. Entre entrar hacia dentro y volver hacia fuera.
La geometría como espejo interior
Con el tiempo descubrí que trazar geometría sagrada no era solamente aprender construcciones. Era una manera de observarme.
Cada figura mostraba algo diferente. Algunas hablaban de equilibrio. Otras de expansión. Otras de conexión.
Pero todas tenían algo en común: nacían de un orden.
Y esa comprensión transformó mi manera de mirar el mundo.
Comencé a ver que la geometría que encontramos en la naturaleza también existe en nosotros.
Los ciclos de la vida. Nuestros procesos. Nuestros cambios. Nuestros momentos de expansión y de regreso.
Todo tiene un ritmo. Todo tiene una estructura invisible.
Hoy comprendo que la geometría sagrada llegó a mi vida en el momento en que estaba preparada para unir muchas piezas.
No vino a darme un nuevo camino. Vino a mostrarme que todos los caminos anteriores ya estaban formando una misma figura.
Porque a veces no necesitamos encontrar algo nuevo.
A veces solamente necesitamos descubrir el lenguaje que nos permite reconocer lo que siempre estuvo presente.
— Ilka Schneider